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El Ultimo Hechizo

ago - 5 - 2008
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Los pliegues de su manto ondeaban lentamente y en silencio como una brisa que empuja el reflejo de la luna sobre el mar. Era este el único movimiento que acusaba su presencia en medio de la vida, alzado imponente sobre una elevación dentro del claro, que el extenso bosque de vetustos robles como una herida abierta abría, en el profundo corazón del mismo. Sacro lugar, donde eterna, había sido siempre practicada la antigua sabiduría, de la cual este humano, era maestro.

Poesía es su nombre y desde la orilla del mundo al otro lomo de la tierra el poder de su mágico arte era por todos conocido; desde reyes a emperadores, de pastores a sirvientes, de doncellas a artistas acrobáticos, desde inocentes infantes a apuestos mancebos; siempre a él habían acudido sin tregua ni descanso par atesorar sus consejos, bálsamos y ritos de su inagotable fuente de bondad milenaria.

Jamás nada amedrento el alma inmaculada de Poesía, el hechicero inmortal, aquel que nombro letanías de mudas lenguas necrófagas capaces de atrapar en su mandato a los yacentes como susurros a los árboles cuando parecían al canto lúgubre de la parca y de nuevo retoños verdes nacían, aquel que en los pétalos del amor se abrigó, como estercolo a manos desnudas el barbecho del labrador.

Pero en estas oscuras horas se desvanecía su eterna juventud, e ignorando la hermética causa de su taciturna desdicha, la noche se expresaba silente y espesa, acunando en su vientre, con un triste afecto el taciturno espíritu de Poesía. Algo comenzó a despertar en el montículo del bosque, donde se dice que fue anillo de hadas, el mago se alzó con todo su esplendor como un relámpago quiebra en mil destellos los cúmulos de una tormenta de oscuridad, fue el génesis de una invocación a los ocultos poderes de la madre naturaleza.

Como un sacerdote ante su aro, oraba en silencio al umbral de la noche, su cuerpo danzaba lentas coreografías vedadas, evocando las fuerzas escondidas en remotos estigmas del universo.

Un enjambre de sonidos similares a palabras, germinaban con un murmullo grave de la profundidad de su garganta.

En un brusco movimiento proyectó su mente en la inmensidad del infinito, el eco de su fuerza estalló en la tierra; de ella los reyes gnomos se alzaron con su piel de siglos para acudir a la llamada; Brotaron del crepitar de las llamas las desinteresadas salamandras para tomar refugio en el calor que les había abierto los ojos sellados de fuego;

El océano resurgió de ondinas acometiendo las olas y de las entrañas del viento se entregaron las últimas silfides. Todo el esplendor del arco iris fue a caer en sus abiertas manos;

De la inmensa bóveda del cielo cayeron plumas blancas de ángel;

De las profundas simas de los volcanes, lenguas de magma;

Del corazón de todos los humanos arrebato un latido, el único que ahora les falta… la plenitud de entrega fue desprendiéndose de los ecotonos o arrancada por la lumbre del magnífico hechizador.

Alzó sus manos al cielo y en el arco que entre ambas se formaba fue cuajándose un globo cobalto cual mármol pulido por la saliva del céfiro. Lentamente flotaba en un silencia ensordecedor, aunque a veces, se oía un tenue zumbido que emitía el poder bruñido en esa esfera.

Se detuvo el mundo sorprendido de que alguien capaz fuera de mantener a raya tanta energía acumulada, e incluso el máximo poder volvió la mirada hacia aquel robledal antiguo.

El portentoso mago posá la bola de luz sobre su mano diestra, con calma su siniestra recolecté de sus ojos dolidas lágrimas que por su enjuto rostro descendían, su mano húmeda la introdujo en la esfera luminosa y esta estalló en una hecatombe que sacudió la médula del mundo.

Solo una flor quedó entonces en la palma de su mano, la más hermosa flor que la piel del mundo podrá contemplar, más que flor simulaba un alma atrapada en el bienestar de una breve sonrisa, capullo que nunca fue ni será atrapado en los colores de ningún lienzo.

A primera mirada recordaba un bello lirio, pero un lirio recolectado en los arcángeles, bañada de hechizadas linfas del temblor que deshace las suaves nubes caídas.

El tallo de la flor tenía la largaria de un palmo, perfilado con artesanías ocultas, moldeado por los habitantes del crepúsculo de la vida parecía un extraño nácar por el aliento del viento, tierno y efímero, esculpido; la bráctea que soportaba la flor en sí, tenía la estructura similar a una cúpula de piedra que sujetase el cielo de un altar; sus pétalos atrapaban el tinte de un ocaso caído en una transparente colina posada de blandas mariposas, cinco pétalos enfebrecidos de suavidad misteriosa y unidos en un absoluto ósculo que parecían los estambres junto al estigma, estambres de lánguidos filamentos, que de color eterno, se movían al vaivén del latido del archimago, como un ritual que invocaba las herméticas artes de Morfeo hechizando el aire que caía dormido a los lindes del calvero.

Simulaba el estigma al cáliz del Grial, donde aquel profeta bebió la sangre de su propio Dios, en su copa temblaban las purísimas gotas que algunos creyeron la lluvia de algún mundo lejano sin ser más cosa que la desdicha del hechicero hecha lágrima.

Su aroma no era sino un bálsamo para calmar la melancolía de esos grises días que atormentan el alma, era esa escasa fragancia que se esconde en cálidas noches de verano en la melodía de los graves ruiseñores que tejen un tamiz de lejanísimos recuerdos con sabor a infancia que ahora son mar, abismo o luz, o bien son ascua que se consume, caliente sonido que fugitivo trepa hacia la espesura de las estrellas y nace un soplo cálido, un beso o… un aroma.

Contempló por un momento la magnífica flor, su mirada fue el sonido más rotundo que quedó atrapado en la noche. Pausadamente, con una tristeza paupérrima y una calma absoluta, poesía dejo caer la bella flor, se desprendió de sus cultivadas manos en lentas vueltas siendo eje su tallo, se movía en una somnolienta espiral que hacía temblar cada aliento de estrella.

Cayó como una acaricia, sin ningún sonido y lentamente sobre las manos blancas de una mujer muerta que a los pies de poesía yacía amortajada, su amada, su compañera, su esposa, de nombre: Musa.

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