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Al ver la Banda pasar

sep - 7 - 2008
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Erase una vez un chiquillo, cuya familia quería que aprendiese música y formara parte de la banda de Ayora. A él le gustaba la idea, e incluso tenía buen oído. Cantaba las rancheras de Miguel Aceves Mejías, que se llevaban en aquella época, con una perfección digna de “Lluvia de Estrellas”. No se perdía ni un concierto, que entonces daba la banda en el tablao de la música, bajo la Lonja. De modo que lo apuntaron y empezó a darle al solfeo con el tío Silvestre, un abuelo menudo, geniudo y con voz profunda, que daba unos “do” en la parte baja de la escala, que hacían vibrar todos los atriles de la parte alta de la Artística, sede de la banda en aquella época. Todo apuntaba a que sería un trompeta.

Pero había, para aquel crío, un gran inconveniente. Tan gordo y largo de explicar, que por consideración y para evitar que os partáis de risa, os lo voy a ahorrar. El caso es que cuando era inminente la entrega de aquel precioso y dorado instrumento, de formas tan rotundas … no apareció más por allí. Pasado el tiempo y, por evolución natural de la personalidad, desapareció aquel “gran inconveniente”. Pero las circunstancias de la vida habían puesto bastante distancia entre la banda (Ayora) y el personaje de esta historia que no es cuento. Como el gusanillo de la música es muy difícil de matar, llegó incluso a ser alumno en el conservatorio de la isla en que se perdió (¡ay, que se me ha escapao!), pero circunstancias muy largas de coptar, y que también os quiero ahorrar porque no os importan, me hicieron renunciar de nuevo a ser un hijo putativo de Santa Cecília.

¿Y a qué viene todo esto? Pues que la banda y sus componentes los bandidos, digo, los músicos me producen un montón de buenas sensaciones y otras no tan buenas, como la envidia, supongo que sana. Pero también la admiración. La renuncia que hacen al descanso, a las horas libres que los demás dedicamos a ver en la tele tanto horror, tanta mierda y tanta “belleza”. Todo ese tiempo que dedicáis a crear un arte tan directo al corazón que consigue muy a menudo ponerme los pelos de punta, y tan efímero y majestuoso como unos fuegos artificiales.

En vuestro último concierto al que asistí en los Morerales y con Manolo como vecino de piedra, y digo esto, porque al parecer, desde la antigüedad de griegos y romanos en sus anfiteatros, no hemos aprendido a poner muelles a las piedras que nos sirven de asiento. O es que el resto de los ayorinos tenéis el culo bien mullido, incontrolables en mis pantalones, y eso que se trataba de pasodobles toreros, paradigma del jolgorio y la alegría.

Y es que entre esas sensaciones que antes mencionaba, está ese regusto de melancolía, de lejanía y alejamiento hacia otros lugares en que repartirán una alegría que yo no compartiré. Porque la banda pasa … y si pasa es que se va, que dentro de un instante estaremos solos, que la fiesta se ha ido a otra parte y sólo quedará en nuestro ánimo ese sonido que antes era vibrante y ahora va siendo lejano, amortiguado por el sentimiento de lo que se pierde por un tiempo que a mi se me hace eterno. A mi entender, la banda es el alma de Ayora. ¿Os imagináis por un momento las fiestas de agosto sin banda? ¿y las procesiones?

En tiempos pretéritos era la única puerta de acceso del pueblo al mundo de la música extrafolclórica, con las connotaciones culturales que ello implica. La banda es cultura viva que urde cada día un grupo de directivos y componente, para ofrecernos a los demás lo mejor de sus habilidades y de su sensibilidad. Ayora, con una gran banda, es un pueblo con un gran sentimiento de colectividad. Mientras exista con tal pujanza será signo de que pervivirá luchando confiada por un mundo mejor.

Recuerdo un año en que tuve el privilegio de asistir al certamen de bandas de música en el Palau de la Música de Valencia. El segundo puesto que consiguieron fue una explosión de alegría entre los seguidores que allí estábamos, y eso que su inefable director, don Victorino Tarín (don Vito después de la operación, según he oído), sólo dirigió con una mano. La otra la reservó para sujetarse el pantalón, cuya correa dormía el sueño de los justos colgada en algún clavo o tacha.

¡Qué hubieran conseguido de dirigir con las dos!

Aunque seguramente no me conoce, desde esta página quiero darle mi más sincera felicitación. Bajo su batuta, la banda de Ayora ha llegado a cotas nunca antes alcanzadas en cantidad y calidad, e insto a las autoridades locales a que la próxima calle que se inaugure, lleve su nombre.

Gracias a todo el colectivo, y a Victorino anticipadas por la cerveza a que me he hecho acreedor, tras el jabón que le acabo de dar.

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